
Casi como una declaración de principios sobre lo que vino a hacer a Buenos Aires, Joe Satriani abrió la noche con I Just Wanna Rock, el primer single de Professor Satchafunkilus and the Musterion of Rock, su último disco. Ibanez roja colgada al cuello, movedizo, el pelado dejó claro desde el primer acorde cuáles eran sus intenciones.
A lo largo de dos horas, Satriani dio rienda suelta a lo mejor de su repertorio a lo largo de 20 canciones. Con escasas intervenciones al micrófono (para hablar, nunca para cantar), era claro que la conexión entre el público y el escenario pasó por las infinitas notas que rebalsaban de sus múltiples guitarras.
Los shows de violeros híper virtuosos suelen espantar a más de uno, a sabiendas de que se estará frente a un tipo cuya única misión es mostrarle al mundo, en plan casi onanístico, cuán rápido y preciso puede darle a las seis cuerdas. Pero Satriani, acaso más sabio, acaso un palmo menos egocéntrico, no descuida nunca un elemento fundamental que lo acompañó en toda su carrera: la melodía. Todos los solos, riffs y demás firuletes siempre conducen a una línea melódica. No hay canción en la que no esté presente. Y decididamente actúa como un imán que atrapa la atención de aquellos espectadores que buscan algo más que solos pirotécnicos y demostraciones de poder.
Así las cosas, para cuando Satch Boogie apareció en escena como tercer tema, el estadio (algo raleado en el campo y pullman, pero completo en las populares, pese al precio de los tickets) ya estaba rendido a los pies del calvo de omnipresentes gafas negras. Aún con algún bache en el medio del show, Satriani se las ingenió para que la tensión nunca decayera. Acompañado por una banda efectiva (con destacado lugar para Jeff Campitelli en batería), Satch soltó piezas contundentes como Super Colossal, Andalusia (también del último disco), Mystical o One Big Rush que pusieron a buena parte del estadio a practicar air guitar, como si cada uno allí abajo tuviera una Ibanez colgada al cuello.
Y el final fue acaso el momento más alto: Crowd Chant (con Satriani haciendo cantar al estadio desde su viola ahora blanca) se acomodó sin problemas entre la excelsa Surfing With the Alien y Summer Song, que representaron el viaje al pasado de un guitarrista cuya vigencia avanza disco a disco. En la era de los Guitar Hero virtual, que tocan diapasones con botones de colores, bueno es ver a uno tangible, de carne y hueso, aunque parezca de otro planeta.
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